Reflexiones sobre el primer año creando el Máster en Sumillería de La Rioja
Hace apenas un año, la Escuela de Sumillería de La Rioja era, sobre todo, una idea.
Una idea que existía sobre el papel, acompañada de muchas reuniones, llamadas, documentos, ilusiones y también incertidumbres. Porque todos los proyectos ilusionantes tienen algo en común: durante mucho tiempo solo existen porque alguien decide creer en ellos antes de poder ver los resultados.
Y, en nuestro caso, muchas personas decidieron hacerlo.
Instituciones que nos tendieron la mano apostando por la necesidad de tener un máster en sumillería en La Rioja y una escuela que lo hiciera posible. Bodegas y empresas que entendieron que apoyar la formación no es un gasto, sino una inversión en el futuro del sector. Profesionales que aceptaron compartir generosamente su tiempo y conocimiento. Y un equipo (formado por Juanjo, Inma, Chefe, Mariluz y yo) que ha trabajado durante meses con una mezcla constante de ilusión, responsabilidad y muchas horas de esfuerzo que pocas veces se perciben desde fuera.
Hoy, cuando la primera promoción del Máster en Sumillería entra en su recta final, empiezo a ser realmente consciente de lo que hemos construido entre todos.
Y no hablo únicamente de una escuela.
Ni siquiera de un máster.
Hablo de una comunidad.
Porque al principio había catorce personas que apenas se conocían.
Hoy hay un grupo que ha compartido cientos de horas de clase, viajes, conversaciones, comidas, debates, visitas a bodegas, momentos de cansancio, dudas y también muchísimas risas.
Y eso no aparece en ningún plan de estudios.
El aprendizaje más importante no siempre ocurre en el aula
Durante este año hemos recorrido distintas zonas de Rioja.
Hemos viajado a Jerez, Galicia, Oporto, el Douro y Ribera del Duero. Todavía nos quedan Burdeos y las últimas clases antes de que finalicen los proyectos y las prácticas.
Pero si alguien me preguntara qué recuerdo especialmente de este primer curso, probablemente no hablaría de uno en concreto.
Hablaría de las conversaciones que surgían durante los viajes de vuelta.
De las preguntas que aparecían en cada clase y en cada visita.
De los contactos que iban naciendo de forma natural.
Del grupo tan bonito y unido que se ha formado entre catorce personas que cuando empezaron hace un año eran completos desconocidos.
Y de cientos de anécdotas y transformaciones que hemos vivido este año.
Las personas siguen siendo el mayor patrimonio del vino
Durante este primer curso del Máste en Sumillería han pasado por nuestra aula más de cincuenta profesionales.
Sumillerse, viticultores, enólogos, comunicadores, investigadores, responsables de bodegas, especialistas en marketing, análisis sensorial o servicio.
Cada uno con una manera distinta de ver el vino.
Y precisamente ahí reside la riqueza.
No queríamos una escuela donde una única voz explicara cómo son las cosas.
Queríamos que los alumnos escucharan muchas voces diferentes.
Que aprendieran a comparar.
A cuestionar.
A hacerse mejores preguntas.
Porque el conocimiento no consiste en memorizar respuestas.
Consiste en desarrollar criterio.
Y eso solo ocurre cuando tienes delante a personas dispuestas a compartir su experiencia con honestidad.
Vivimos un momento complejo para el sector del vino
Los hábitos de consumo están cambiando. En muchos mercados internacionales las ventas se ralentizan. El consumo disminuye, aunque cada vez se busca más calidad y experiencias más auténticas. La oferta es enorme, la competencia es global y el relevo generacional sigue siendo uno de los grandes retos que afrontan muchas bodegas y empresas.
Podríamos mirar este escenario con preocupación.
O podríamos entenderlo como una oportunidad para hacer las cosas de otra manera.
Creo sinceramente que el futuro del vino no dependerá únicamente de elaborar grandes vinos. Dependerá también de saber contarlos, recomendarlos, servirlos, comunicarlos y emocionar a través de ellos.
Y para eso hacen falta personas.
Personas preparadas, con criterio, con sensibilidad, con capacidad para conectar el vino con quienes todavía no lo conocen.
Formar también es una forma de cuidar el territorio
Muchas veces hablamos del futuro del vino pensando en mercados, consumo, exportación o comunicación.
Pero quizá olvidamos algo mucho más sencillo.
El futuro del sector depende, sobre todo, de las personas que trabajarán en él dentro de diez o veinte años.
Invertir en formación es invertir en la calidad del servicio, en la cultura del vino, en el enoturismo, en la gastronomía y en la manera en que una región es capaz de contar quién es.
Por eso creo que las escuelas no forman únicamente profesionales.
También ayudan a construir territorios.
“Solo el vino tiene la última palabra, pero es el sumiller quien da voz al trabajo de los bodegueros y viticultores”
Muchas veces hablamos del futuro del vino preguntándonos cómo vender más.
Quizá deberíamos empezar preguntándonos cómo despertar más interés.
Cómo hacer que nuevas generaciones se acerquen al vino sin miedo.
Cómo conseguir que una botella deje de ser únicamente un producto para convertirse en una historia, en un paisaje, en una conversación o en un recuerdo compartido.
Porque el vino necesita grandes viticultores y grandes bodegueros.
Pero también necesita personas capaces de tender puentes entre quienes lo elaboran y quienes algún día aprenderán a quererlo.
Y esa, probablemente, sea una de las responsabilidades más bonitas que tiene hoy la formación.
Y que transmitimos cada día desde la Asociación de Sumilleres de La Rioja y desde la Escuela de Sumillería donde se imparte el Máster en Sumillería de La Rioja que una vez fue un sueño y que en pocas semanas concluye con su primera promoción.


















